Sirio y Cradum aparecieron a un puñado de leguas al Este de la ciudad de Silona. El resultado fue similar al que se tendría atravesando un espejo fino, de ser posible tal proeza, viéndose de golpe y porrazo sumergidos en el mundo tras sus cortinas. Las montañas cenicientas de la Sierra Gris eran perfectamente visibles desde su posición. No eran tan imponentes como las nevadas montañas de la cordillera de Khalkist, pero aún así se veían como gigantescos colosos verdes rematados por despobladas peñas del color que les daba nombre. Tenían ante sí unas bonitas llanuras salpicadas de colinas y monte bajo. Los árboles caducos crecían en grupos en los taludes y huecos entre las elevaciones. Los jilgueros entonaban su cántico y el sol les calentaba, aunque la brisa era más fría de lo que recordaban de su estancia en la capital, heraldo del otoño incipiente. El cielo era azul y escasas nubes se apilaban lejanas por encima de la Sierra Gris, pero la luminosidad era menor que en aquellos días de pleno verano en los que se habían paseado por las calles de Silona, en los que habían caminado al lado de Nomir.
Tras ponerse discutir brevemente el camino a seguir, tarea harto sencilla, puesto que Dredis había tenido el detalle de dejarlos exactamente sobre el propio camino, ambos se enfrascaron en un asombroso mutismo mientras se dirigían hacia el Este, Sirio encabezando la marcha. Nadie tenía ganas de hablar, incluso el otrora optimista Cradum había mudado su jovialidad por un hálito de amargor
Para Cradum la situación se recrudecía, puesto que se dirigía hacia un destino que no estaba seguro de querer desvelar. Para Sirio el asunto tampoco era baladí, pues la misión que le había encomendado Dredis le acercaba a las cadenas de las cuales había huido, a un lugar para siempre maldito en su pensamiento.
No se podría decir con facilidad cuántas horas caminaron de esta guisa, mas debieron de ser muchas, puesto que el sol comenzaba a descender en el horizonte, cegándolos con sus rayos cobrizos como cabello de ángel cuando se volvían para mirar a sus espaldas, vigilantes por si divisaban a alguna tropa silanesa que hubiera partido en su busca
Ahora no solemnete está parado el libro si no la propia editorial. aquí tenemos el comienzo de un capítulo más
sábado, 16 de octubre de 2010
lunes, 27 de septiembre de 2010
Capítulo XXII: La montaña Soledad, escenario de secretos y traiciones
Cabalgó toda la noche.
Al poco rato del amanecer se cruzó con el caballo de Negor y Kyrie, que avanzaba trotando con tranquilidad. Alastaron se dirigió hacia él y desde su misma montura le agarró de las riendas obligándolo a detenerse.
—Tranquilo amigo, ¿adónde vas tan deprisa? —dijo mientras acariciaba al animal —tenemos que recuperar a nuestros compañeros —continuó mientras dirigía su mirada hacia lo alto de la montaña Soledad, amenazadora mole de roca negra clavada en la tierra.
Instantes más adelante percibió una sensación rara en el ambiente, una sensación similar a la causada por un leve temor súbito e irracional, como el que se podía tener cuando se padecía un extraño sueño. Alastaron posó sus pies en tierra y caminó unos pasos. Una leve arenilla blanca era arrastrada por el viento. Tomó un pequeño puñado y lo olisqueó, para lanzarlo con una maldición instantes después. Aquello olía a arte oscuro, olía a nigromancia.
Cuando Alas llegó a la base de aquella roca gigantesca, le sorprendieron las extrañas rocas que se esparcían sobre el terreno. Eran negras, irregulares, de una textura tal que parecía como si hubiesen sido extraídas de un horno hirviendo antes de solidificarse, como gritos lastimeros de la montaña.
No le costó mucho averiguar el camino que habían seguido sus compañeros. Tras atar a las monturas a la base de una roca chamuscada, conjuró una esfera de luz como había hecho su alumno, que flotó medrosa a su alrededor. ¿En qué estaba pensando Negor? ¿Acaso había perdido la cabeza? ¿No era consciente del peligro que entrañaba para Kyrie y para el propio mundo el llevarla hasta allí?
Cuando resurgió de las profundidades de la roca, una intensa lluvia se cernía sobre él. Su túnica no tardó en empaparse colgando pesada sobre sus hombros, mientras que su capucha se le pegaba sobre la cara, obstruyéndole la visión. Decidió echársela hacia atrás porque ya no podría estar más mojado. Sentía como si llevase un océano en cada bota, los arroyuelos caían desde las alturas arrastrando piedra y barro gris. En ocasiones se hacía difícil averiguar por dónde continuaba el camino.
Cuando ya llevaba un buen rato de ascenso, un vendaval que una persona normal no hubiera apreciado le sacudió, casi tirándolo al suelo de la sorpresa. Alastaron desvió su mirada al instante hacia la cima: dos fuerzas mágicas habían hecho acto de presencia.
Ahora y debido a procesos de reestructuración editoriales se demora la pùblicación del libro que ya estaba demorada, otro comienzo de capítulo os dejo aquí
Al poco rato del amanecer se cruzó con el caballo de Negor y Kyrie, que avanzaba trotando con tranquilidad. Alastaron se dirigió hacia él y desde su misma montura le agarró de las riendas obligándolo a detenerse.
—Tranquilo amigo, ¿adónde vas tan deprisa? —dijo mientras acariciaba al animal —tenemos que recuperar a nuestros compañeros —continuó mientras dirigía su mirada hacia lo alto de la montaña Soledad, amenazadora mole de roca negra clavada en la tierra.
Instantes más adelante percibió una sensación rara en el ambiente, una sensación similar a la causada por un leve temor súbito e irracional, como el que se podía tener cuando se padecía un extraño sueño. Alastaron posó sus pies en tierra y caminó unos pasos. Una leve arenilla blanca era arrastrada por el viento. Tomó un pequeño puñado y lo olisqueó, para lanzarlo con una maldición instantes después. Aquello olía a arte oscuro, olía a nigromancia.
Cuando Alas llegó a la base de aquella roca gigantesca, le sorprendieron las extrañas rocas que se esparcían sobre el terreno. Eran negras, irregulares, de una textura tal que parecía como si hubiesen sido extraídas de un horno hirviendo antes de solidificarse, como gritos lastimeros de la montaña.
No le costó mucho averiguar el camino que habían seguido sus compañeros. Tras atar a las monturas a la base de una roca chamuscada, conjuró una esfera de luz como había hecho su alumno, que flotó medrosa a su alrededor. ¿En qué estaba pensando Negor? ¿Acaso había perdido la cabeza? ¿No era consciente del peligro que entrañaba para Kyrie y para el propio mundo el llevarla hasta allí?
Cuando resurgió de las profundidades de la roca, una intensa lluvia se cernía sobre él. Su túnica no tardó en empaparse colgando pesada sobre sus hombros, mientras que su capucha se le pegaba sobre la cara, obstruyéndole la visión. Decidió echársela hacia atrás porque ya no podría estar más mojado. Sentía como si llevase un océano en cada bota, los arroyuelos caían desde las alturas arrastrando piedra y barro gris. En ocasiones se hacía difícil averiguar por dónde continuaba el camino.
Cuando ya llevaba un buen rato de ascenso, un vendaval que una persona normal no hubiera apreciado le sacudió, casi tirándolo al suelo de la sorpresa. Alastaron desvió su mirada al instante hacia la cima: dos fuerzas mágicas habían hecho acto de presencia.
Ahora y debido a procesos de reestructuración editoriales se demora la pùblicación del libro que ya estaba demorada, otro comienzo de capítulo os dejo aquí
jueves, 9 de septiembre de 2010
Capítulo XXI: La dama del vestido de noche
Negor y Alas recuperaban el resuello contemplando la entrada del bosque cerrarse del todo mientras briznas de hierba revoloteaban alrededor. Una lechuza ululó en el interior de la maraña de árboles.
—¡No lo entiendo! —bramó Alas escupiendo pedazos de hierba y sacudiéndose la cabeza de ramitas —todo ha ido bien hasta la recta final. Me pregunto qué habrá en este bosque, qué enorme secreto esconderá y por qué motivo se ha vuelto en nuestra contra.
Negor recordó el libro que había robado. ¿Sería posible que…?¿y la lechuza que habían encontrado?¿entonces el oso era…?¡no!, era totalmente imposible, se obligó a desechar aquella endiablada idea. Pero esos escrutadores ojos que le habían dejado sin aliento… esos ojos que habían recolectado el conocimiento de los árboles y de los secretos que se agazapaban bajo el silencio del denso dosel de palabras caducas, en lo más recóndito de las guaridas del bosque, allí donde moraban fantasmas decrépitos…
—¡No lo entiendo! —reiteró enfadado Alas mientras adecentaba bruscamente a Kyrie, rompiendo los pensamientos de su alumno —en cualquier caso será mejor que nos alejemos lo máximo posible de aquí antes de que caiga la noche —se llevó dos dedos a la boca y silbó —bueno, espero que el hechizo haga efecto y que nuestros caballos regresen pronto ¡adelante!
La publicación de este lbro es como el cuento de la buena pipa, si peor no se acaba de producir, sigo dejándoos el comienzo de los capítulos
—¡No lo entiendo! —bramó Alas escupiendo pedazos de hierba y sacudiéndose la cabeza de ramitas —todo ha ido bien hasta la recta final. Me pregunto qué habrá en este bosque, qué enorme secreto esconderá y por qué motivo se ha vuelto en nuestra contra.
Negor recordó el libro que había robado. ¿Sería posible que…?¿y la lechuza que habían encontrado?¿entonces el oso era…?¡no!, era totalmente imposible, se obligó a desechar aquella endiablada idea. Pero esos escrutadores ojos que le habían dejado sin aliento… esos ojos que habían recolectado el conocimiento de los árboles y de los secretos que se agazapaban bajo el silencio del denso dosel de palabras caducas, en lo más recóndito de las guaridas del bosque, allí donde moraban fantasmas decrépitos…
—¡No lo entiendo! —reiteró enfadado Alas mientras adecentaba bruscamente a Kyrie, rompiendo los pensamientos de su alumno —en cualquier caso será mejor que nos alejemos lo máximo posible de aquí antes de que caiga la noche —se llevó dos dedos a la boca y silbó —bueno, espero que el hechizo haga efecto y que nuestros caballos regresen pronto ¡adelante!
La publicación de este lbro es como el cuento de la buena pipa, si peor no se acaba de producir, sigo dejándoos el comienzo de los capítulos
miércoles, 18 de agosto de 2010
Capítulo XX: Tres Figuras Caminan hacia el Sur
“La tarde muere, la triste conciencia se esconde, recuerdos no vividos surcan la ambición arrastrados por el viento, la tranquilidad infame embargaba a un alma escondida en lo más recóndito de mi espíritu.
La luz atenuada clareaba mi ego, ojos entrecerrados, calor en mi piel, imágenes de tiempos pasados atacaban mi mente todos a la vez, tratando de volver a vivirse, sin éxito. La ancha llanura, la hierba seca de verano, un olor a tierra seca, un ir que nunca fue y una eternidad finalizada. La monotonía de aquellos parajes era relajante, parecía que el tiempo se hubiese detenido, y que allí estaba yo en medio de un cuadro condenado a no ser contemplado.
Podía ver alguna encina dispersa, como si de guardianes de madera se tratasen, vigilando aquellos solitarios parajes. Una colina de suave pendiente cobraba forma delante de mí, coronada por un cielo de un intenso azul claro. En esos momentos pensé que me gustaría quedarme allí, no sólo unos días sino una o varias eternidades. En efecto una buena temporada de reflexión me permitiría atar mis ideas, puesto que el mundo se abalanza sobre mí, no sé quién soy, y he olvidado a dónde voy.
Antes la magia era mi única amiga, el estudio en mi acogedor rincón lleno de libros, esas noches que me pasaba leyendo por placer o perfeccionando algún conjuro, ese vaso de cerveza que bebía observando por el ventanuco al exterior. Recuerdo el castaño que crecía fuera, primer peldaño del bosque que se extendía más allá. Divisaba la difuminada pero intensa luz de las casas del pueblo apagarse, sentía el olor a cera de las velas que me iluminaban y respiraba el agradable olor a papel húmedo de los sitios cerrados; y después del breve refrigerio continuaba mi labor hasta avanzadas horas de la noche. Aquello era lo único para lo que vivía ¡cómo anhelo mi tierra!, y sin embargo cómo la odio, me da la sensación de que nunca volverá a ser lo que era. Pero lo que es seguro, es que nunca mientras viva dejaré de sentir la atracción que el sitio donde crecí ejerce sobre mí, y que aprovecharé cada remanso que se presente en mi vida para entregarme en sus sabios brazos, y que así ha de ser y será hasta que mi mundo me sea arrebatado.
Otro comienzo de capítulo y más días sin publicarse el libro, se hace eterna la espera
La luz atenuada clareaba mi ego, ojos entrecerrados, calor en mi piel, imágenes de tiempos pasados atacaban mi mente todos a la vez, tratando de volver a vivirse, sin éxito. La ancha llanura, la hierba seca de verano, un olor a tierra seca, un ir que nunca fue y una eternidad finalizada. La monotonía de aquellos parajes era relajante, parecía que el tiempo se hubiese detenido, y que allí estaba yo en medio de un cuadro condenado a no ser contemplado.
Podía ver alguna encina dispersa, como si de guardianes de madera se tratasen, vigilando aquellos solitarios parajes. Una colina de suave pendiente cobraba forma delante de mí, coronada por un cielo de un intenso azul claro. En esos momentos pensé que me gustaría quedarme allí, no sólo unos días sino una o varias eternidades. En efecto una buena temporada de reflexión me permitiría atar mis ideas, puesto que el mundo se abalanza sobre mí, no sé quién soy, y he olvidado a dónde voy.
Antes la magia era mi única amiga, el estudio en mi acogedor rincón lleno de libros, esas noches que me pasaba leyendo por placer o perfeccionando algún conjuro, ese vaso de cerveza que bebía observando por el ventanuco al exterior. Recuerdo el castaño que crecía fuera, primer peldaño del bosque que se extendía más allá. Divisaba la difuminada pero intensa luz de las casas del pueblo apagarse, sentía el olor a cera de las velas que me iluminaban y respiraba el agradable olor a papel húmedo de los sitios cerrados; y después del breve refrigerio continuaba mi labor hasta avanzadas horas de la noche. Aquello era lo único para lo que vivía ¡cómo anhelo mi tierra!, y sin embargo cómo la odio, me da la sensación de que nunca volverá a ser lo que era. Pero lo que es seguro, es que nunca mientras viva dejaré de sentir la atracción que el sitio donde crecí ejerce sobre mí, y que aprovecharé cada remanso que se presente en mi vida para entregarme en sus sabios brazos, y que así ha de ser y será hasta que mi mundo me sea arrebatado.
Otro comienzo de capítulo y más días sin publicarse el libro, se hace eterna la espera
viernes, 30 de julio de 2010
Capítulo XIX: Una batalla que cambiaría Tanuiitt
Faric se paseaba nervioso de un lado a otro de las murallas con sus manos enlazadas a su espalda, el paisaje que veía era desolador, la desmoralización había sacudido los cimientos de su ejército, asestando un violento golpe que había agrietado las columnas de sus esperanzas.
Debajo, los soldados corrían de un lado para otro mezclándose con los ciudadanos, que colaboraban trayendo aceite para hervir, hachas y otras herramientas. En las casas de guardia hervían filas interminables de voluntarios, que reclutaban a milicias y les asignaban unidades y números. Más allá de la protección de las murallas beiges se extendían unos parajes de colinas y llanos, que ostentaban colores amarillentos, pues el verano había secado los cereales. Y más allá aún el horizonte se fundía contra una noche artificial. Era cerca del mediodía, y sobre la ciudad brillaba un sol que no calentaba, que enviaba una luz deslucida, como si bajo el cielo hubiera aparecido una delgada pátina de hielo, y más allá una oscuridad suprema reinaba por encima del ejército que se acercaba. Pero no era una oscuridad como a la que Nomir, Sirio y Cradum se habían enfrentado en las minas, densa y húmeda, ésta era un oscuridad clara, vacía, que no oprimía, pero que sí aterraba, una plaga sin rumbo, un veneno sin antídoto, una noche sin estrellas.
El libro sigue sin noticias de cuando se publicará, mientras el tiempo continúa transcurriendo, pongo el comienzo del siguiente capítulo, el autor acaba de leer una tesis sobre captación de gases de efecto invernadero con lo que puede disponer de más tiempo para escribir ya que el último año trabajaba e iba a la Universidad a diario
Debajo, los soldados corrían de un lado para otro mezclándose con los ciudadanos, que colaboraban trayendo aceite para hervir, hachas y otras herramientas. En las casas de guardia hervían filas interminables de voluntarios, que reclutaban a milicias y les asignaban unidades y números. Más allá de la protección de las murallas beiges se extendían unos parajes de colinas y llanos, que ostentaban colores amarillentos, pues el verano había secado los cereales. Y más allá aún el horizonte se fundía contra una noche artificial. Era cerca del mediodía, y sobre la ciudad brillaba un sol que no calentaba, que enviaba una luz deslucida, como si bajo el cielo hubiera aparecido una delgada pátina de hielo, y más allá una oscuridad suprema reinaba por encima del ejército que se acercaba. Pero no era una oscuridad como a la que Nomir, Sirio y Cradum se habían enfrentado en las minas, densa y húmeda, ésta era un oscuridad clara, vacía, que no oprimía, pero que sí aterraba, una plaga sin rumbo, un veneno sin antídoto, una noche sin estrellas.
El libro sigue sin noticias de cuando se publicará, mientras el tiempo continúa transcurriendo, pongo el comienzo del siguiente capítulo, el autor acaba de leer una tesis sobre captación de gases de efecto invernadero con lo que puede disponer de más tiempo para escribir ya que el último año trabajaba e iba a la Universidad a diario
martes, 6 de julio de 2010
Capítulo XVIII: Démini rompe su letargo
Sus oficinas se encontraban en la planta más alta del castillo, en una zona solitaria. Silanius prefería la tranquilidad de ese departamento para llevar a cabo sus tareas de Administración del Imperio. En aquella temprana parte del día, la luz era escasa y toda la zona se encontraba sumida en la penumbra. Por la noche, la situación empeoraba notablemente, y era necesario portar una antorcha, pues ninguna se instalaba en las paredes de aquellas solitarias dependencias. El frío y la soledad pondrían los nervios a flor de piel del más avezado guerrero. Sin embargo, a Barem Silanius parecía no importarle, y no era infrecuente hallarlo sumido en sus deberes amparado en la luz de las velas y los candelabros, con sus anteojos puestos, su pipa humeante a su lado, y el velo de la oscuridad, cuyo silencio sólo se quebraba por el sonido de hojas revueltas y por los arañazos de las alimañas nocturnas.
Sus pasos resonaban en la roca vacía del pasillo que recorría. Cuando se detuvo ante la puerta, no fue necesario usar el tirador, esta se encontraba abierta de par en par, pues tan holgada era la quietud de los alrededores.
Crakim entró y se encontró ante una sala de considerable tamaño plagada de estanterías, libros, papeles en aparente desorden, telarañas, polvo, olor a cera y cuero viejo, y unas escaleras que llevaban a una buhardilla superior. Al no hallar allí abajo a Silanius, decidió mirar en la buhardilla. Ascendió con paso vacilante sobre unos escalones cuyos huesos crujían a cada paso, amenazando con venirse abajo en cualquier momento dando una desagradable sorpresa al caminante solitario.
Justo antes de alcanzar el piso superior, una cabeza se asomó por la trampilla.
—¡Crakim! —indicó Silanius, aparentando estar alarmado mientras agitaba un bastón —¡por Takami!, ¿quieres matarme de un susto? ¿A qué viene colarte aquí como los ladrones?
—El susto me los has dado tú a mi —rió Crakim —si no trabajases en un sitio tan recóndito no me haría falta entrar aquí. ¡Si da miedo hasta hablar, por si acaso el silencio se sintiese ofendido!
—Siempre igual, ¿no me dirás que a ti también te asusta este lugar? —bromeó Silanius —¡anda, sube!
Cuando llegó arriba, a pesar de haber estado en anteriores ocasiones en aquel lugar, le llamó enormemente la atención la estrechez de la sala. Era tan pequeña y tan atestada de objetos, que las paredes parecían a punto de cernirse sobre la persona que entrase, como una trampa a punto de activarse. Crakim se movía con suma cautela, temiendo tirar algo. Pero Silanius se movía con una agilidad envidiable en su avanzada edad, y se sentó sonriente ante un pergamino sobre el que, pluma y tinta en ristre, en aquellos momentos sin duda estaría escribiendo, y Crakim supo que le había interrumpido.
Por segunda vez consecutiva no pongo el comienzo del capítulo si no este más avanzado ya que el comienzo puede ser excesivamente revelador de la trama, seguimos a la espera de edición
Sus pasos resonaban en la roca vacía del pasillo que recorría. Cuando se detuvo ante la puerta, no fue necesario usar el tirador, esta se encontraba abierta de par en par, pues tan holgada era la quietud de los alrededores.
Crakim entró y se encontró ante una sala de considerable tamaño plagada de estanterías, libros, papeles en aparente desorden, telarañas, polvo, olor a cera y cuero viejo, y unas escaleras que llevaban a una buhardilla superior. Al no hallar allí abajo a Silanius, decidió mirar en la buhardilla. Ascendió con paso vacilante sobre unos escalones cuyos huesos crujían a cada paso, amenazando con venirse abajo en cualquier momento dando una desagradable sorpresa al caminante solitario.
Justo antes de alcanzar el piso superior, una cabeza se asomó por la trampilla.
—¡Crakim! —indicó Silanius, aparentando estar alarmado mientras agitaba un bastón —¡por Takami!, ¿quieres matarme de un susto? ¿A qué viene colarte aquí como los ladrones?
—El susto me los has dado tú a mi —rió Crakim —si no trabajases en un sitio tan recóndito no me haría falta entrar aquí. ¡Si da miedo hasta hablar, por si acaso el silencio se sintiese ofendido!
—Siempre igual, ¿no me dirás que a ti también te asusta este lugar? —bromeó Silanius —¡anda, sube!
Cuando llegó arriba, a pesar de haber estado en anteriores ocasiones en aquel lugar, le llamó enormemente la atención la estrechez de la sala. Era tan pequeña y tan atestada de objetos, que las paredes parecían a punto de cernirse sobre la persona que entrase, como una trampa a punto de activarse. Crakim se movía con suma cautela, temiendo tirar algo. Pero Silanius se movía con una agilidad envidiable en su avanzada edad, y se sentó sonriente ante un pergamino sobre el que, pluma y tinta en ristre, en aquellos momentos sin duda estaría escribiendo, y Crakim supo que le había interrumpido.
Por segunda vez consecutiva no pongo el comienzo del capítulo si no este más avanzado ya que el comienzo puede ser excesivamente revelador de la trama, seguimos a la espera de edición
sábado, 19 de junio de 2010
Capítulo XVII: Que trata del encargo que el Director Supremo Dredis tenía para Sirio y Cradum
El túnel se estrechaba a medida que avanzaban. A Sirio llegó a costarle andar cargando con Cradum, pues el camino apenas tenía anchura suficiente para permitirles el paso. Al final, un arco desembocaba en unas escaleras, señalando los confines de las alcantarillas en ruinas, donde unas escaleras les condujeron hasta una sala con cuatro paredes desnudas de fría roca. La luz velada del sol era suficiente para herir los ojos de los dos compañeros, malacostumbrados a su ausencia. Sirio parpadeó efusivamente, depositó a Cradum recostado contra una pared y se asomó al exterior.
Una fina mortaja gris cubría el cielo, posándose sobre las colinas circundantes como besos de una fina sábana, ocultando la luz, contagiándoles a las personas su melancólica sinfonía de silencio.
Una patrulla pasó justo delante de él corriendo. Se trataban de unos seis guardias de Silona. Sirio reparó en que portaban una cinta amarilla enroscada en el brazo izquierdo, lo que le hizo pensar que probablemente serían partidarios de la Hermandad. Decidió ir a buscar a Cradum, y comprobó que su estado no había empeorado, pero tampoco había mejorado. Volvió a cargarlo sobre sus hombros y ambos se dirigieron a la salida. Esta vez otros cuatro guardias de Silona, sin banda amarilla, corretearon en la dirección contraria a sus homónimos, voceando y alzando sus armas como si en ello les fuera la vida. Sirio miró hacia uno y otro lados, comprobando la ausencia de peligro, y posó su pie sobre la calzada.
Era evidente que se encontraban en la zona del gremio de pescadores, si bien en la amplia calle no había ni uno solo de ellos en esos conflictivos momentos. Aún así, los cadáveres escamosos esparcidos por el suelo delataban su anterior presencia. Cradum mantenía los ojos cerrados, mientras gotas de sudor se deslizaban por su rostro hasta el suelo, ¿qué diantre le habrá ocurrido?¿Habría contraído alguna extraña enfermedad en las insalubres mazmorras? Al llegar a un cruce, Sirio observó que unos pasos adelante en una de las calles, unos veinte guardias luchaban entre sí en medio de gritos de gloria y sangre. Uno de los soldados se estrelló contra el suelo, atravesada su garganta por una espada
Esta vez no pongo el principio del capítulo ya que es muy esclarecedor respecto a la obra, es del capítulo más vanazado, continuamos sin ue se haya publicado
Una fina mortaja gris cubría el cielo, posándose sobre las colinas circundantes como besos de una fina sábana, ocultando la luz, contagiándoles a las personas su melancólica sinfonía de silencio.
Una patrulla pasó justo delante de él corriendo. Se trataban de unos seis guardias de Silona. Sirio reparó en que portaban una cinta amarilla enroscada en el brazo izquierdo, lo que le hizo pensar que probablemente serían partidarios de la Hermandad. Decidió ir a buscar a Cradum, y comprobó que su estado no había empeorado, pero tampoco había mejorado. Volvió a cargarlo sobre sus hombros y ambos se dirigieron a la salida. Esta vez otros cuatro guardias de Silona, sin banda amarilla, corretearon en la dirección contraria a sus homónimos, voceando y alzando sus armas como si en ello les fuera la vida. Sirio miró hacia uno y otro lados, comprobando la ausencia de peligro, y posó su pie sobre la calzada.
Era evidente que se encontraban en la zona del gremio de pescadores, si bien en la amplia calle no había ni uno solo de ellos en esos conflictivos momentos. Aún así, los cadáveres escamosos esparcidos por el suelo delataban su anterior presencia. Cradum mantenía los ojos cerrados, mientras gotas de sudor se deslizaban por su rostro hasta el suelo, ¿qué diantre le habrá ocurrido?¿Habría contraído alguna extraña enfermedad en las insalubres mazmorras? Al llegar a un cruce, Sirio observó que unos pasos adelante en una de las calles, unos veinte guardias luchaban entre sí en medio de gritos de gloria y sangre. Uno de los soldados se estrelló contra el suelo, atravesada su garganta por una espada
Esta vez no pongo el principio del capítulo ya que es muy esclarecedor respecto a la obra, es del capítulo más vanazado, continuamos sin ue se haya publicado
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