miércoles, 18 de agosto de 2010

Capítulo XX: Tres Figuras Caminan hacia el Sur

“La tarde muere, la triste conciencia se esconde, recuerdos no vividos surcan la ambición arrastrados por el viento, la tranquilidad infame embargaba a un alma escondida en lo más recóndito de mi espíritu.
La luz atenuada clareaba mi ego, ojos entrecerrados, calor en mi piel, imágenes de tiempos pasados atacaban mi mente todos a la vez, tratando de volver a vivirse, sin éxito. La ancha llanura, la hierba seca de verano, un olor a tierra seca, un ir que nunca fue y una eternidad finalizada. La monotonía de aquellos parajes era relajante, parecía que el tiempo se hubiese detenido, y que allí estaba yo en medio de un cuadro condenado a no ser contemplado.
Podía ver alguna encina dispersa, como si de guardianes de madera se tratasen, vigilando aquellos solitarios parajes. Una colina de suave pendiente cobraba forma delante de mí, coronada por un cielo de un intenso azul claro. En esos momentos pensé que me gustaría quedarme allí, no sólo unos días sino una o varias eternidades. En efecto una buena temporada de reflexión me permitiría atar mis ideas, puesto que el mundo se abalanza sobre mí, no sé quién soy, y he olvidado a dónde voy.
Antes la magia era mi única amiga, el estudio en mi acogedor rincón lleno de libros, esas noches que me pasaba leyendo por placer o perfeccionando algún conjuro, ese vaso de cerveza que bebía observando por el ventanuco al exterior. Recuerdo el castaño que crecía fuera, primer peldaño del bosque que se extendía más allá. Divisaba la difuminada pero intensa luz de las casas del pueblo apagarse, sentía el olor a cera de las velas que me iluminaban y respiraba el agradable olor a papel húmedo de los sitios cerrados; y después del breve refrigerio continuaba mi labor hasta avanzadas horas de la noche. Aquello era lo único para lo que vivía ¡cómo anhelo mi tierra!, y sin embargo cómo la odio, me da la sensación de que nunca volverá a ser lo que era. Pero lo que es seguro, es que nunca mientras viva dejaré de sentir la atracción que el sitio donde crecí ejerce sobre mí, y que aprovecharé cada remanso que se presente en mi vida para entregarme en sus sabios brazos, y que así ha de ser y será hasta que mi mundo me sea arrebatado.


Otro comienzo de capítulo y más días sin publicarse el libro, se hace eterna la espera

viernes, 30 de julio de 2010

Capítulo XIX: Una batalla que cambiaría Tanuiitt

Faric se paseaba nervioso de un lado a otro de las murallas con sus manos enlazadas a su espalda, el paisaje que veía era desolador, la desmoralización había sacudido los cimientos de su ejército, asestando un violento golpe que había agrietado las columnas de sus esperanzas.
Debajo, los soldados corrían de un lado para otro mezclándose con los ciudadanos, que colaboraban trayendo aceite para hervir, hachas y otras herramientas. En las casas de guardia hervían filas interminables de voluntarios, que reclutaban a milicias y les asignaban unidades y números. Más allá de la protección de las murallas beiges se extendían unos parajes de colinas y llanos, que ostentaban colores amarillentos, pues el verano había secado los cereales. Y más allá aún el horizonte se fundía contra una noche artificial. Era cerca del mediodía, y sobre la ciudad brillaba un sol que no calentaba, que enviaba una luz deslucida, como si bajo el cielo hubiera aparecido una delgada pátina de hielo, y más allá una oscuridad suprema reinaba por encima del ejército que se acercaba. Pero no era una oscuridad como a la que Nomir, Sirio y Cradum se habían enfrentado en las minas, densa y húmeda, ésta era un oscuridad clara, vacía, que no oprimía, pero que sí aterraba, una plaga sin rumbo, un veneno sin antídoto, una noche sin estrellas.


El libro sigue sin noticias de cuando se publicará, mientras el tiempo continúa transcurriendo, pongo el comienzo del siguiente capítulo, el autor acaba de leer una tesis sobre captación de gases de efecto invernadero con lo que puede disponer de más tiempo para escribir ya que el último año trabajaba e iba a la Universidad a diario

martes, 6 de julio de 2010

Capítulo XVIII: Démini rompe su letargo

Sus oficinas se encontraban en la planta más alta del castillo, en una zona solitaria. Silanius prefería la tranquilidad de ese departamento para llevar a cabo sus tareas de Administración del Imperio. En aquella temprana parte del día, la luz era escasa y toda la zona se encontraba sumida en la penumbra. Por la noche, la situación empeoraba notablemente, y era necesario portar una antorcha, pues ninguna se instalaba en las paredes de aquellas solitarias dependencias. El frío y la soledad pondrían los nervios a flor de piel del más avezado guerrero. Sin embargo, a Barem Silanius parecía no importarle, y no era infrecuente hallarlo sumido en sus deberes amparado en la luz de las velas y los candelabros, con sus anteojos puestos, su pipa humeante a su lado, y el velo de la oscuridad, cuyo silencio sólo se quebraba por el sonido de hojas revueltas y por los arañazos de las alimañas nocturnas.
Sus pasos resonaban en la roca vacía del pasillo que recorría. Cuando se detuvo ante la puerta, no fue necesario usar el tirador, esta se encontraba abierta de par en par, pues tan holgada era la quietud de los alrededores.
Crakim entró y se encontró ante una sala de considerable tamaño plagada de estanterías, libros, papeles en aparente desorden, telarañas, polvo, olor a cera y cuero viejo, y unas escaleras que llevaban a una buhardilla superior. Al no hallar allí abajo a Silanius, decidió mirar en la buhardilla. Ascendió con paso vacilante sobre unos escalones cuyos huesos crujían a cada paso, amenazando con venirse abajo en cualquier momento dando una desagradable sorpresa al caminante solitario.

Justo antes de alcanzar el piso superior, una cabeza se asomó por la trampilla.
—¡Crakim! —indicó Silanius, aparentando estar alarmado mientras agitaba un bastón —¡por Takami!, ¿quieres matarme de un susto? ¿A qué viene colarte aquí como los ladrones?
—El susto me los has dado tú a mi —rió Crakim —si no trabajases en un sitio tan recóndito no me haría falta entrar aquí. ¡Si da miedo hasta hablar, por si acaso el silencio se sintiese ofendido!
—Siempre igual, ¿no me dirás que a ti también te asusta este lugar? —bromeó Silanius —¡anda, sube!

Cuando llegó arriba, a pesar de haber estado en anteriores ocasiones en aquel lugar, le llamó enormemente la atención la estrechez de la sala. Era tan pequeña y tan atestada de objetos, que las paredes parecían a punto de cernirse sobre la persona que entrase, como una trampa a punto de activarse. Crakim se movía con suma cautela, temiendo tirar algo. Pero Silanius se movía con una agilidad envidiable en su avanzada edad, y se sentó sonriente ante un pergamino sobre el que, pluma y tinta en ristre, en aquellos momentos sin duda estaría escribiendo, y Crakim supo que le había interrumpido.


Por segunda vez consecutiva no pongo el comienzo del capítulo si no este más avanzado ya que el comienzo puede ser excesivamente revelador de la trama, seguimos a la espera de edición

sábado, 19 de junio de 2010

Capítulo XVII: Que trata del encargo que el Director Supremo Dredis tenía para Sirio y Cradum

El túnel se estrechaba a medida que avanzaban. A Sirio llegó a costarle andar cargando con Cradum, pues el camino apenas tenía anchura suficiente para permitirles el paso. Al final, un arco desembocaba en unas escaleras, señalando los confines de las alcantarillas en ruinas, donde unas escaleras les condujeron hasta una sala con cuatro paredes desnudas de fría roca. La luz velada del sol era suficiente para herir los ojos de los dos compañeros, malacostumbrados a su ausencia. Sirio parpadeó efusivamente, depositó a Cradum recostado contra una pared y se asomó al exterior.
Una fina mortaja gris cubría el cielo, posándose sobre las colinas circundantes como besos de una fina sábana, ocultando la luz, contagiándoles a las personas su melancólica sinfonía de silencio.
Una patrulla pasó justo delante de él corriendo. Se trataban de unos seis guardias de Silona. Sirio reparó en que portaban una cinta amarilla enroscada en el brazo izquierdo, lo que le hizo pensar que probablemente serían partidarios de la Hermandad. Decidió ir a buscar a Cradum, y comprobó que su estado no había empeorado, pero tampoco había mejorado. Volvió a cargarlo sobre sus hombros y ambos se dirigieron a la salida. Esta vez otros cuatro guardias de Silona, sin banda amarilla, corretearon en la dirección contraria a sus homónimos, voceando y alzando sus armas como si en ello les fuera la vida. Sirio miró hacia uno y otro lados, comprobando la ausencia de peligro, y posó su pie sobre la calzada.

Era evidente que se encontraban en la zona del gremio de pescadores, si bien en la amplia calle no había ni uno solo de ellos en esos conflictivos momentos. Aún así, los cadáveres escamosos esparcidos por el suelo delataban su anterior presencia. Cradum mantenía los ojos cerrados, mientras gotas de sudor se deslizaban por su rostro hasta el suelo, ¿qué diantre le habrá ocurrido?¿Habría contraído alguna extraña enfermedad en las insalubres mazmorras? Al llegar a un cruce, Sirio observó que unos pasos adelante en una de las calles, unos veinte guardias luchaban entre sí en medio de gritos de gloria y sangre. Uno de los soldados se estrelló contra el suelo, atravesada su garganta por una espada


Esta vez no pongo el principio del capítulo ya que es muy esclarecedor respecto a la obra, es del capítulo más vanazado, continuamos sin ue se haya publicado

lunes, 31 de mayo de 2010

Capítulo XVI: El gemido de la tierra en honor al héroe caído

La mañana siguiente tardó en llegar. Ninguno de los tres compañeros fue capaz de conciliar el sueño, pues los engranajes de sus cabezas se negaban a hacer un alto. Nomir se encontraba dando vueltas en su lecho, puesto que el sol aún no se había alzado mucho sobre el cielo, cuando escuchó la voz de Cradum.
—¡Nomir! ¡Abre la puerta!
Nomir acudió raudo. Abrió y se encontró de frente contra Cradum, Sirio, la reina Tristania y el príncipe Welty, que entró como una exhalación, instando al resto a seguirle. La reina pasó con delicadeza. Su rostro ya no sonreía. Y por último detrás entró Sirio, quien echaba una última mirada por si a algún soldado le parecía que aquella visita era más extraña de lo normal.
—Joven Nomir —exclamó Welty.
Nomir reparó en que aquella mañana su estilo no era tan ostentoso, probablemente debido a que le habían sacado rápidamente de su lecho.
—En nombre de Silona te concederé la medalla al Valor tan pronto como me devuelvan mis cargos.
Nomir se quedó sin palabras, y acabó por limitarse a hacer una reverencia.
—En mi nombre también te doy las gracias, Nomir —expresó la reina con tristeza mal disimulada.
—Creí conveniente decírselo también a Welty. Creo que su apoyo podría sernos de gran utilidad —explicó Sirio. Ahora su forma de hablar, elaborada en tanto en entonación como en palabras no difería mucho de la de aquella gente.
—Pues has creído bien, amigo mío —concedió Welty —No puedo permitir una traición así en Silona, ¡debemos actuar ya!
Y se echó la mano al cinto donde llevaba la espada, como si fuese a matar a alguien allí mismo. La reina tuvo que apagar sus ánimos exaltados.
—Tranquilidad, mi príncipe —concilió Sirio —no debemos precipitarnos, debemos caminar con cautela. Al igual que yo confié en vos, vos debéis confiar en mí.


Otro capítulo más, el libro sigue sin publicarse pero vosotros tenéis aquí los comienzos del mismo

jueves, 13 de mayo de 2010

Capítulo XV: Sobre el inexplicable descubrimiento de Nomir y el movimiento de la Hermandad

Por los entramados del jardín se había encontrado con varios guardias más, pero el resultado al verle fue el mismo que había obtenido con anterioridad. No le hacían mayor caso que a una mosca que interrumpiese su visión unos zigzagueantes instantes. De repente tuvo la idea de imitar a Sirio, como en la aventura nocturna que les había relatado. Nomir se salió del camino, sin dejar de sentir la parte de él que le decía que se trataba de una locura, y se fue ocultando entre los arbustos y plantas. En una ocasión un guardia oyó un ruido y le siguió un rato, discutiendo con un compañero que por lo rauco de su voz se le antojaba grave y adusto. Para salir del recinto del palacio, no le quedó más remedio que encaminarse a la entrada del puente. Los guardas no hicieron el menor gesto de impedirle el paso, pero le miraron con extrañeza cuando salió de la espesura. Sus pisadas resonaban contra la piedra del paso empedrado hacia la ciudad. Cuando iba aproximadamente por la mitad, se frenó, pues el paisaje que tenía ante él cortaba la respiración.
La luna en forma de “C” invertida se recortaba contra la superficie del lago, donde también se reflejaban las diminutas chispas de luz, lágrimas palpitantes nómadas extraviadas de la bóveda celeste. Tal era la suavidad del espejo del agua que hasta las nubes peregrinas que pasaban cercanas a la luna eran visibles sobre su superficie, cual fantasmas negros reflejo de las pesadillas de los durmientes. Aquella noche el silencio era total. Ni siquiera había viento, que otras veces levantaba surcos sobre el líquido elemento, pues la tierra contenía la respiración hipnotizada ante tanta belleza. Más lejana, Nomir imaginaba la muralla de árboles que se encontraban a la vera del lago, elevando sus ramas hacia la noche. Pero reparó en que en aquella solitaria zona el frío cobraba intensidad, así que rápidamente dirigió sus pasos hasta la ciudad.


Sigo poniendo el comienzo de los capítulos, estamos ya en el XV y aún no sabemos fecha de edición, hay que tener paciencia.

domingo, 25 de abril de 2010

Capítulo XIV: Huéspedes de Silona

Nomir abrió los ojos y vio un techo blanco, cual si el reluciente vestido de la dama durmiente se hubiese quedado allí enganchado. Algo extraño le recordó que no se encontraba en su cama, en el tranquilo poblado de Naram. Se frotó los ojos y se incorporó, aturdido. Un vistazo a su alrededor le bastó para indicarle dónde estaba. Los rayos dorados del sol eran ahora los que se enseñoreaban de la estancia, y se colaban a raudales por la ventana, libres de todo impedimento que manos inmateriales o humanas quisiesen ponerles. Los ruiseñores y sinsontes piaban en el exterior, contentos al recibir el cálido abrazo matinal perlado de diamantinas gotas de rocío.
Una idea se abrió paso en su cabeza como una aguja azuzando su inquietud: ¡Era tardísmo! ¡Sirio le iba a matar!
Se levantó de la cama como una exhalación, sintiendo un mareo ante la brusquedad de la operación. Se vistió a trompicones. Y mientras aún estaba atándose las botas, se metió un bollo de una fuente cercana en la boca, acompañándolo con dos manzanas que introdujo en los bolsillos de sus pantalones. Al abrir precipitadamente la puerta casi se lleva a una sirvienta que probablemente le iba a servir el desayuno por delante, sólo tuvo tiempo de disculparse y de asegurarle que tenía mucha prisa.
Dos veces se perdió y dos veces preguntó dónde se encontraba el patio de armas. Cuando llegó, habían pasado dos horas desde el amanecer. El lugar de entrenamiento de la soldadesca era grande y tenía el suelo de arena batida mezclada con gravilla. Sintió la brisa pura y fresca y miró hacia arriba, una perezosa nube de algodón cubría el sol en ese momento, que al parecer también le costaba desprenderse de la caricia húmeda de sus sábanas. Un par de magos jóvenes de túnicas bandeadas de rosa y de azul bromeaban y reían mientras atendían el jardín, y observó que tras ellos se imponía un campo de coloridos pensamientos, que parecían estudiarle ceñudos y altaneros. Una vaporosa rosa roja se asomó de refilón entre el repliegue de una bocamanga de terciopelo.


El comienzo de otro capítulo mientras esperamos la publicación de la obra